De los elogios que nos han dedicado clientes, amigos y visitantes, tenemos que destacar el que nos dedicó Don Rafael Serrano, cliente y amigo de la casa: "A la puerta del Verruga deberíais colocar un confesionario, porque comer así tiene que ser pecado".
Hace ya muchos años, un cliente llamó al Verruga para preguntar si había olvidado su paraguas a mediodía. El camarero que atendió al teléfono, tras escuchar la descripción que el cliente hizo, le dijo que esperase un momento y fue a buscarlo. Al poco tiempo, cogió de nuevo el auricular y, con el paraguas en la mano le preguntó: ¿es este?.
En uno de esos accidentes que a veces ocurren por mucho que uno intente evitarlos, un camarero le tiró por encima un café a un cliente. Tras pedirle las oportunas disculpas, el camarero fue a buscar otro café. Al rato, el cliente pidió la nota y el camarero, muy atento él, le dijo discretamente: "Don Fulano, el café que le tiré por encima no se lo cobro". "¡Pues qué detalle, hombre, muchas gracias!".
Cuando no había extractores de humo en ningún restaurante, los comedores habitualmente no se ventilaban como hoy, y si a esto añadimos que el Verruga tenía una cocina de carbón, entenderemos que en todo el local hubiera algunas veces una nube de humo que más tarde se logró eliminar como es debido.
Un grupo de extranjeros le preguntaron a Cándido, "¿Esto del humo es típico?", a lo que contestó inmediatamente: "¡Típico, típico!, es muy típico de los sitios buenos... donde no vean humo, ¡no entren!".
La más clásica de las anécdotas ocurridas en el Verruga fue la del señor que se dirigió a Emilia (fundadora del Verruga) y le preguntó "¿Me da de comer?", contestándole que sí, pero que tenía que esperar un rato.
Tras una abundante comilona, el bueno del hombre empezó a hablar con uno de los camareros y, levantándose, le dijo "Bueno, me voy al fútbol", a lo que el camarero contestó "pues ahora mismo le traigo la nota".
"Ah, no, que a mí me invitó la señora"... "¿Cómo que yo le invité?"... "Yo le pregunté si me daba de comer y usted me dijo que sí"....
Lógicamente se armó, y desde aquella cada vez que alguien pregunta si damos de comer, le respondemos con una sonrisa "¡no, vendemos!".