Tres generaciones de lucenses han vivido el Verruga de una forma diferente, pero manteniendo siempre un espíritu basado en los principios de la calidad, la honradez y el servicio al público.
Cada una de esas generaciones ha visto el Verruga desde un prisma ligeramente diferente: desde los primeros años, en que las raciones de Doña Emilia formaron colas ante la puerta, hasta el elegante local de hoy en día, pasando por diferentes etapas.
Los tiempos cambian, y el papel de los restaurantes también. Cuando se abrió el Verruga, el 1 de abril de 1.951, no había pubs, discotecas, ni locales donde tomar una copa. Los restaurantes se ocupaban entonces de cubrir estas necesidades, lo que dio lugar a más de una fiesta improvisada en el que hoy es el comedor más conocido de la ciudad. En esa época una guitarra, un acordeón y unas cuantas voces animadas convertían un local como el nuestro en una curiosa sala de fiestas con una animación entrañable y amistosa. Sin embargo, el paso del tiempo poco a poco fue sustituyendo ese ambiente festivo por uno más profesional, manteniendo, eso sí, el espíritu familiar que la hostelería más acogedora ha de mantener siempre. Es muy difícil resumir en poco espacio la historia que hemos vivido en el Verruga estos años. Sólamente nos podemos asomar a una serie de instantes que representan la evolución de las seis décadas que aquí llevamos.
El 1 de Abril del año 1.951 el Verruga abre sus puertas con sus nuevos propietarios: Cándido y Emilia.
La fotografía, de finales de los 50 muestra la barra de aquel entoces. Podemos ver a Cándido (a la derecha), a Emilia (apoyada tras la barra) y a Miluca, la más joven de sus hijas y hoy copropietaria junto a Emilia.
Comenzaron como un bar, una tasca más, con el suelo de madera en la barra y de tierra prensada en lo que hoy es el comedor. La oferta era la misma que la de los demás: tapas y, como mucho, raciones, pero aproximadamente en el año 52 ya se podía comer en el Verruga, ya que las raciones se convirtieron en platos de una carta que no ha dejado de crecer y renovarse.
En esa década las amas de casa de Lugo sabían que si querían comprar lo mejor que había en la plaza tenían que intentar llegar antes que Emilia, puesto que siempre elegía lo mejor sin preocuparle el precio, lo que no dejaba de ser llamativo en una época como aquella. Hoy, aunque se sigue haciendo parte de la compra en la Plaza de Abastos, el Verruga consigue el grueso de sus excelentes materias primas directamente a productores y lonjas.
La década de los 60 fue la que vio la reforma más profunda del Verruga. La estructura del restaurante sufrió ampliaciones y modernizaciones de raíz, con una rehabilitación integral del edificio que supuso la creación del comedor y la reestructuración completa del local.
También varió la forma de adquirir la materia prima: los pescados pasaron de venir de la plaza de abastos a ser enviados desde Bueu, La Coruña, Cambados, Vicedo...
Fueron los años de la expansión del Turismo en España, que llegaron tardíamente a Galicia pero que supusieron grandes cambios.
El comedor fue sensiblemente ampliado, los baños se cambiaron de ubicación, la decoración barrió las viejas modas de formica y espejo, tan frecuentes en los 50, por las entonces nuevas tendencias de maderas nobles, que aún hoy perduran.
En el año 1.969 se concedió al Verruga uno de sus galardones más preciados: la Placa al Mérito Turístico. Creada en 1.962, supuso que el Verruga entrara a formar parte de un club de los prestigiosos restaurantes de España, consolidándolo como referencia hostelera a nivel nacional.
Los 70 fueron una década clave en la evolución del Verruga. Por un lado afianzaron más aún el prestigio del local dentro y fuera de los límites de la ciudad y de Galicia; por otro, se comenzó a producir, desde la boda de Miluca Real y Luis Latorre, el relevo generacional.
Dicho cambio de padres a hijos ha sido una prueba superada a veces con éxito y otras con menos fortuna por diferentes negocios de hostelería de España. Hay que tener en cuenta que un restaurante no es una empresa como las demás, puesto que no basta con hacerse cargo del negocio directamente: hay que trabajar durante muchísimo tiempo junto a la anterior generación para hacerse con todos los secretos de la gestión y, sobre todo, de la cocina.
Toda una época del Verruga se refleja en esta foto: La despedida del año 1.972 celebrada por algunos empleados del restaurante que luego montarían sus propios negocios: Suso (Restaurante Plaza), Daniel (Restaurante Maruxa), José Luis (Bar Restaurante Anda), Pepiño (La Tasca) y Adolfo (El Dos de Copas) acompañan a uno de los clientes más asiduos, Don Francisco Moure (Deportes Bourio).
Otra década... y nuevas reformas. El restaurante adquiere a finales de los 70 y principios de los 80 uno de los elementos más característicos de su fisionomía: las sillas de respaldo alto.
Estas sillas, aunque dificultan sensiblemente la labor del camarero, sin lugar a dudas son verdaderos tronos para el cliente. Además de permitir un apoyo y comodidad inmejorables, aislan las mesas entre sí, resaltando la sensación de intimidad que la propia configuración del Restaurante ya ofrece.
Los años 80 supusieron la total integración del Verruga tanto en Asociaciones Hosteleras fundamentales en la gastronomía española (Restaurantes de Buena Mesa) como en el mundo de la gastronomía internacional.
Miluca y Luis, ya responsables del Restaurante le imprimieron desde ese momento una mayor proyección exterior de la que tenía. Mantuvieron en todo momento, eso sí, la integridad en todos los sentidos, de la cocina y la tradición de Emilia y Cándido, no entrando jamás en las corrientes de "nueva cocina", movimientos que, aún contando con nuestro respeto como forma diferente de entender la hostelería, no responden a nuestra filosofía.
En un momento en que prácticamente todos los restaurantes se expandieron físicamente, el Verruga mantuvo su pequeño comedor de 15 mesas con el fin de no perder su forma de trabajar, basada en la atención personal.
Los años 90 vieron nuevas reformas en el Verruga que le dieron un aspecto y unas instalaciones más acordes aún con su prestigio.
Una ligera ampliación del comedor, la eliminación de mesas y sillas en la zona del bar, la instalación de vitrinas de madera y cristal para las botellas y, sobre todo, el acuario de agua marina, proporcionan, además de ventajas estéticas, múltiples comodidades para el cliente y avances en el tratamiento de nuestras materias primas más fundamentales: los alimentos.
En este sentido, si años atrás se pasó de la plaza al proveedor de los pueblos de mar, ahora se pasó de éste a la lonja.
El Verruga sigue adquiriendo ciertos productos a través de esos proveedores, pero el grueso de sus pescados y mariscos provienen directamente de la lonja. No de cualquier lonja, sino de las más pequeñas y selectas, como la de Ribadeo o la de Foz. La ventaja de esos lugares frente a otros puertos mayores, es que el ambiente de camaradería entre compradores y vendedores, la confianza mútua y el hecho de que los barcos faenan durante muy poco tiempo, permitiéndose así una selección inconcebible en lonjas más grandes: buscando entre cada cargamento de cada barco, pieza a pieza, simplemente lo mejor.
También son los años en que comenzaron casi todas las jornadas gastronómicas que hoy se siguen haciendo: las jornadas de gastronomía andaluza de la Feria de Abril, los Callos de Doña Emilia, las Jornadas del Bacalao...
El Verruga sigue manteniendo hoy el mismo espíritu que lo guía desde 1.951. La honradez y calidad, la paciencia en la cocina y el impecable producto con que se trabaja, hace que siga siendo, sesenta años después de su apertura, una referencia para tres generaciones.
Las instalaciones se han renovado, buscando siempre la comodidad y la elegancia, combinadas con la personalidad del Verruga, que se ha mantenido durante todas estas décadas.Para nosotros es un orgullo que quienes vinieron por primera vez de pantalón corto, hoy siguen acudiendo con sus propios hijos, e incluso nietos, comentando que a pesar de su clara mejoría el Verruga no ha perdido su esencia. La de la auténtica cocina de nuestra tierra.